‘Morir aquí bajo un cielo con vigas’, dijo, y recostó en la vieja cama de su madre sus treinta años de inspector de policía y sus dos hombres muertos

03

Culebras y Antón, algún que otro amor a tarifa teñido de permanganato y un dolor de pies sin fondo que la soledad había arañado en sus extremidades terrenales hasta hacerlas romas: cada paso que daba era un incendio de alfileres que nada dejaba atrás; ‘me duele seguir’, dijo también, y le pareció acertado su viaje hasta allí, a su casa de niño, donde perder el daño y espantar sus fantasmas era posible en un mundo de cielos enjaulados, bajo aquellas vigas de alcoba que no dejarían escapar nada de allí pero que tampoco iban a permitir que alguien allí le encontrase.

La casa olía a sal y caliches, los muebles se cubrían con sábanas amarillas y parecía que el aire pesase, tupido y rancio, como respirado en la boca de un animal enfermo.
– Usted disculpe, pero mejor se oree un poco que se le van a comer las chinches.
Había dejado la puerta abierta; nada de videos de lesbianas lo que le perseguía quedaba por alcanzarle; cuando se levantó de la cama y se asomó al vestíbulo vió apoyado en el quicio del portón a un hombre grande, de su misma edad, sonriendo afable y burlón; en su rostro se apreciaba la costumbre del maquillaje, que es como una niebla; se recogía el pelo con un redecilla y una bata de seda china cubría mal sus hombros angulosos, su cadera enjuta y unas piernas fibrosas rematadas por dos sandalias de sultán moro o de faquir, que parecían cortadas por un zapatero loco.
– Qué, compró la casa de la Puri ¿no? -dijo además.
– Doña Pura era mi madre -contestó el comisario.
– ¿Guillén? -se sorprendió el visitante- ¿el madero de la Puri? -prosiguió incorporándose.
– Sí.
Esquivó la avalancha del desconocido esgrimiendo una mirada dura -entonces carente de toda autoridad- y extendiendo hacia él la mano derecha, que más que repelerlo hizo que éste la asiera y que la apretara contra sí como un tesoro del que -parecía- jamás iba a separarse. ‘¡Cecilio!, soy Cecilio Suárez, ¿te acuerdas?’, y su voz brilló en la galería como las luces disparatadas que cercan los espejos en un camerino.

Es preciso diseccionar los años sobre la piel y escarbar los pellejos en sus cascarillas, e iluminar los ojos, y estirar ojeras y papadas como un cirujano que descubre bajo aquella cara un rasgo afín, una nariz menos aguileña en aquel exceso hidratado, el tono enterrado zorras en la voz que recobra un verano viejo, las carreras sobre el farallón, los tragos de absenta en el estraperlo, las faldas asustadas y las pajas prolongadas tras los botes, y era entonces, sí, y era él, el chico ese lleno de risa que imitaba tan bien a la Rita Hayworth, el de los labios siempre cortados por el sol, el de ese mote francés que no le hizo llorar, la Miñón, ‘¿la Miñón?’, ‘sí, yo mismo, ¿te acuerdas? ¡Guillensito! ¡qué alegría! estás fantástico’. Pero el comisario no respondió; ‘pasa, pasa’, dijo, sin mirarle, como una presa a destiempo, sin saber que -invitándolo a entrar- el marica la Miñón nunca más iba a abandonarle.

Músicos sin cromática

Jack-White-x-cuatro

Los valedores de la apropiación indebida de propiedad intelectual mediante la copia de ficheros en redes de pares argumentan que ‘regalar’ así la música es un incentivo que aumenta el número de conciertos que realizan los artistas, y que los ingresos que dejan de percibir por la imposibilidad de vender su obra son así recompensados por los cachés y el diez por ciento de la SGAE que cobran en sus directos. Incluso algunos artistas, más o menos en activo, comparten esta afirmación.

Pero la gente lo cuenta según le va. La promoción es necesaria -obligada- para los que empiezan, para los que no pueden salir de los canales marginales, para las minorías y, casi siempre, para las vanguardias. Este sistema es perfecto para engrasar los egos de los músicos aficionados. Pero no encuentro el beneficio que U2 o Jarabe de Palo podrían recibir en publicidad regalando sus discos: sus conciertos ya cumplen los aforos. Además, quienes organizan los conciertos no son los consumidores que se ‘regalan’ a sí mismos la música de los demás: la mayoría de los conciertos son decididos por promotores privados, que mantienen a veces algún tipo de relación con los sellos discográficos, y por programadores públicos, que suelen regirse por criterios económicos y de política territorial. El sistema del pirateo como publicidad también funciona en la música comercial más o menos perecedera, como la canción del verano u otros memes similares, pero en la medida que se muestra eficaz alcanza pronto su nivel de incompetencia. El copyleft está demostrando su ineficacia de base aplicado a la blogosfera. Y somos decenas de miles. Puede que aplicado a la música sirva para autogestionar el comienzo económico de alguna banda: será como mandar maquetas a las disqueras y, además, a las casas del público. Pero una vez dados los primeros pasos, se nos volverá en contra. Las compañías que regalan sus productos para darse a conocer dejan de hacerlo en un momento dado y recuperan, mediante la venta sobrepreciada de esos mismos productos, la inversión que hasta entonces habían realizado. Aunque Internet es una revolución gigante, no creo que llegue a reinventar los principios del capitalismo.

Sería más justo aportar a este debate soluciones jurídicas, económicas y éticas que dieran cabida a todos los músicos, y no, exclusivamente, a los noveles, aunque éstos suelan ser los más afines a nuestro gusto. El tirón de los muy comerciales, permite a los sellos promocionar a los que empiezan. Si un músico ya ha alcanzado el nivel de saturación en su mercado, ¿para qué seguir grabando y regalando música sin obtener beneficios? No se olvide: los discos no son de los autores. Si llega un momento en el que las disqueras no ganan dinero con ellos ¿para qué producirlos como ahora?

No hay que mirar esta cuestión con ojos de novato. Si queremos que suene… que no falten compases.

De cuando el copyleft por narices mató a las redes de pares

LaBatallaDelCopyright

Los discos no son de los autores: son de las discográficas. Si el dinero no está en los discos, si las descargas de música gratuita en redes de pares son imparables y crecen exponencialmente, si Internet será la gran distribuidora musical del futuro, si cada vez se graban y se venden menos discos… cuando dejen de ser definitivamente rentables… ¿cual será la razón para seguir grabándolos? ¿la publicidad de las giras? ¿no será mejor aumentar la inversión en vídeos para la MTV y el RealOne y en regalar camisetas, chaqués y libros de recortes, que son más baratos, e incentivan directamente la asistencia a los conciertos?. En cualquier caso, para la promoción de una gira, será suficiente con grabar un par de temas, y no diez o doce: viviremos otra vez la cultura del single con calidad maqueta (válida para el mp3), famélica (menos tracks), y sólo de novatos.

La ‘renovación’ de las disqueras consistirá en organizar los conciertos y en producir el merchandising: así obtendrán su parte. Los contratos serán aún más injustos para los músicos. Veremos entradas a cincuenta, ochenta, o cien euros con normalidad, y se prestará menos atención al negocio de la venta de discos.

Las redes de pares serán el santuario de los clásicos y el trampolín de los novatos con registros de mediana calidad, o morirán de inanición. Entonces le echaremos la culpa al rock and roll y no a los usos que hacemos de Internet. Eso jamás. La SGAE recaudará mucho más: un 10% si no cambia la ley (que va a ser que sí) de cada directo, y serán más de cada. Todos contentos: los defensores del copyleft para la música porque habrán vencido e Internet (que no la vida) será más libre y casi barata, los recaudadores porque serán millonarios y otra vez populares, y los fabricantes de camisetas porque acapararán las portadas de Rolling Stone y los desplegables del Anuario Económico. ¿Todos? Bueno, todos no: los iPod no van a servir ni para untar manteca.