‘Morir aquí bajo un cielo con vigas’, dijo, y recostó en la vieja cama de su madre sus treinta años de inspector de policía y sus dos hombres muertos

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Culebras y Antón, algún que otro amor a tarifa teñido de permanganato y un dolor de pies sin fondo que la soledad había arañado en sus extremidades terrenales hasta hacerlas romas: cada paso que daba era un incendio de alfileres que nada dejaba atrás; ‘me duele seguir’, dijo también, y le pareció acertado su viaje hasta allí, a su casa de niño, donde perder el daño y espantar sus fantasmas era posible en un mundo de cielos enjaulados, bajo aquellas vigas de alcoba que no dejarían escapar nada de allí pero que tampoco iban a permitir que alguien allí le encontrase.

La casa olía a sal y caliches, los muebles se cubrían con sábanas amarillas y parecía que el aire pesase, tupido y rancio, como respirado en la boca de un animal enfermo.
– Usted disculpe, pero mejor se oree un poco que se le van a comer las chinches.
Había dejado la puerta abierta; nada de videos de lesbianas lo que le perseguía quedaba por alcanzarle; cuando se levantó de la cama y se asomó al vestíbulo vió apoyado en el quicio del portón a un hombre grande, de su misma edad, sonriendo afable y burlón; en su rostro se apreciaba la costumbre del maquillaje, que es como una niebla; se recogía el pelo con un redecilla y una bata de seda china cubría mal sus hombros angulosos, su cadera enjuta y unas piernas fibrosas rematadas por dos sandalias de sultán moro o de faquir, que parecían cortadas por un zapatero loco.
– Qué, compró la casa de la Puri ¿no? -dijo además.
– Doña Pura era mi madre -contestó el comisario.
– ¿Guillén? -se sorprendió el visitante- ¿el madero de la Puri? -prosiguió incorporándose.
– Sí.
Esquivó la avalancha del desconocido esgrimiendo una mirada dura -entonces carente de toda autoridad- y extendiendo hacia él la mano derecha, que más que repelerlo hizo que éste la asiera y que la apretara contra sí como un tesoro del que -parecía- jamás iba a separarse. ‘¡Cecilio!, soy Cecilio Suárez, ¿te acuerdas?’, y su voz brilló en la galería como las luces disparatadas que cercan los espejos en un camerino.

Es preciso diseccionar los años sobre la piel y escarbar los pellejos en sus cascarillas, e iluminar los ojos, y estirar ojeras y papadas como un cirujano que descubre bajo aquella cara un rasgo afín, una nariz menos aguileña en aquel exceso hidratado, el tono enterrado zorras en la voz que recobra un verano viejo, las carreras sobre el farallón, los tragos de absenta en el estraperlo, las faldas asustadas y las pajas prolongadas tras los botes, y era entonces, sí, y era él, el chico ese lleno de risa que imitaba tan bien a la Rita Hayworth, el de los labios siempre cortados por el sol, el de ese mote francés que no le hizo llorar, la Miñón, ‘¿la Miñón?’, ‘sí, yo mismo, ¿te acuerdas? ¡Guillensito! ¡qué alegría! estás fantástico’. Pero el comisario no respondió; ‘pasa, pasa’, dijo, sin mirarle, como una presa a destiempo, sin saber que -invitándolo a entrar- el marica la Miñón nunca más iba a abandonarle.